Berlín.

Press play.

Me fui sin decirte adiós y ahora tu recuerdo tira de mí para que vuelva como la arena tira del mar y como la tierra tira de nosotros para mantenernos con los pies en el suelo.

No ha pasado ni un solo día sin que me acuerde de la sensación en mi espalda cuando me rozabas sin querer queriendo, y me mirabas la nuca a escondidas del mundo porque alguien dijo alguna vez que algunos sentimientos en algunas situaciones no son correctos. Pero cómo podía no ser correcto si te sentía en el torrente de mis venas y eras un pellizco atravesado en las entrañas.

Y si escucho aquellas canciones todavía te noto así muy dentro de una forma inexplicable a pesar del paso del tiempo.

No puede tener nada que ver el bien y el mal en esto.

No es posible que nos encontrásemos en aquel rincón para no ser nada, y en nuestro caso nada significó todo, porque años después sigo notando electricidad en las manos impotentes de no poder cambiar esta historia escrita en papel mojado.

Ojalá pudiese volver atrás para decir en voz alta todo aquello que dimos por sentado y nunca atrevimos a cantarnos a la cara; el tiempo se nos vino encima arrasando cada palabra que podría haber evitado el final. Nos ganó la moralidad. Aunque todavía no tengo claro si hemos terminado o sólo hemos aplazado algo que está destinado a nacer y morir de idealización, no sé muy bien cómo vivir con la infinita incógnita de lo que pudo ser si nos hubiésemos quedado mirándonos a los ojos.

Ojalá hubiese podido leer lo que pensabas tras ese gesto tan tuyo y tan gélido, que en ocasiones me hizo creer que era todo una ilusión creada por mi mente ansiosa de que me oteases aunque fuese solo por un momento. Tal vez así habría podido saber qué decir para convencernos de romper lo establecido.

Ojalá, de verdad, pero ahora ya no sirve de nada desear en pasado porque la vida ha levantado tanto entre nosotros que seremos siempre pasado no ocurrido.

Me fui porque las cosas que no llevan a nada nos hacen perder minutos de una forma abrumadora, porque tengo que quererme más a mí que a la imposible posibilidad de que alguna vez seamos algo, pero admito que a veces siento que habría muerto en tu puerta esperando a que me abrieras con promesas de algo más que miradas y silencios.

Así que ya ves, ni el frío de Berlín ha podido congelar la herida de esta estaca clavada en mi pecho.

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