Bittersweet.

Siempre me deja una especie de espina en el corazón. Su despedida es agridulce, algo así como una hipnosis impuesta. Se va, se va y me deja con cara de idiota hasta que se vuelve a cruzar por mis ojos.

Y mientras tanto ella ajena a todo, nadie sabe si repara en mi existencia, o es la reina de la indiferencia, del disimulo. A mi me sigue dando igual, no dejo de sentirme absurdamente afortunado las veces que se cruza en mi rutina.

Nunca consigo descifrar la ambigüedad de su mirada; tristeza-frustración-conformidad. Pero no quiere que la salven, joder, pero estoy seguro de que se puede salvar ella misma.

Si quisiera.

Pero no quiere.

Y no lo hace.

(Se hunde ella y el que se ahoga soy yo.)

Entonces estoy preparado para perderlo todo, por salvarla, estoy seguro. Me muero de ganas por enseñarle el abanico de posibilidades del mundo, todos los bailes, la tristeza siendo algo opcional.

A veces veo una chispa, roce que se convierte en caricia, mirada cómplice y opinión conjunta. A veces veo todas las ganas del mundo en salir corriendo, de todo. Otras, todas las contrarias, todas las de quedarnos como estamos.

Que pueda mirarse a través de mis ojos, solo eso. No sabría reconocerse, vería luz en la oscuridad.

Al final todo es una idealización mía, no es tan fantástica; tiene un par de dientes torcidos, cabezota, cuando se enfada cuelga el teléfono dando golpes; yo me siento incómodo. A decir verdad, está un poco loca, con problemas de expresión emocional. Aun así, todo esto. Aun así es imán.

Lo quiera o no, mi dirección es siempre, ella. 

Lo acepté hace tiempo, aquí es donde voy a perder.

Y a morir.

Sobre todo a perder,

más que nada,

a morir.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *