Breve desesperación de desamor.

Hoy he visto una película, me ha recordado a nosotros. A ti con tu traje; a mí con mi preocupación. No te lo puedo decir, claro. La normalización de lo extraordinario, la ocultación de las emociones, el asesinato, silencioso, de lo que pudo ser. A mí no me preocupa, lo he aceptado. Pero a veces me acuerdo y me duele un poco, no mucho, es soportable. El caso es que sigues viva en alguna parte de mí, y no consigo, por más que lo intente, matarte. Tal vez sea por tus pestañas interminables, la exactitud esférica de tu ombligo o tu aparente corazón de piedra. Inquebrantable como pocos, diría yo. Impenetrable como ninguno, eso sí. Lo que escondes ahí es el más cotizado de los misterios, y yo soy muchas cosas, pero no rico. Al final siempre acabo siendo el mismo idiota que no consigue sacarte más que un hola, un buenos días y una formalizada relación. Triste por no atreverme a ofrecerte un café, toda la vida, todos los días, cada mañana. Inútil, por no ser capaz de decirte que tu rutina es la más extraordinaria de las aventuras. Tal vez algún día se me escape entre cafés, y te quedes pasmada mirando a la nada, creyendo que he perdido el norte por la intensidad de tus pupilas, cuando en realidad lo habré encontrado. Y morirme ahí, de vergüenza y por valiente, sin acordarme más de ti al ver películas absurdas, porque ya no me acechará más la posibilidad ridícula de lo que pudo ser, en un cementerio lleno de muertos por amor que nadie recuerda, porque todos son felices viviendo historias que jamás correspondieron a tipos como yo.

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