Angustia rizada.

No sé cuándo me gusta más, si en minifalda, camisa y tacón, paseando con la potencia de hacer grietas en el suelo y la capacidad de provocar un terremoto con la fuerza de sus pasos, o en camiseta y vaqueros, con tanta naturalidad que deslumbra,  rayos de sol en el pelo, las pecas al aire y las pestañas eternas. En lugar de caminar, vuela.

De vez en cuando aparece por la puerta con el pelo suelto con los rizos rozándole la cintura, y me la imagino esa misma mañana en el espejo antes de salir, con ganas de ser ella misma y de mandarnos a todos a la mierda. Y me tiemblan las piernas.

Hablando de piernas (y de ser sincero), en realidad, yo preferiría estar entre las de ella.

Pero no estábamos hablando de eso.

La miro y no se entera. Me habla y no se entera. Mi presencia y la de una hormiga, para ella, son sinónimas. Yo sigo siendo un idiota y ella una maravilla despeinada.

De vez en cuando me habla, me cuenta su vida, no profundiza. Banalidades varias que importan una mierda y que yo escucho desesperado porque me niego a creer que alguna vez eso deje de ser lo más cerca que voy a estar de ella. Si te acercas mucho a una gata salvaje lo único que recibes a cambio es un recuerdo eterno.

Me pregunto quién le roba el sueño cuando ella me roba el mío, quién cuenta los lunares de su espalda cuando cuentan los míos, quién cojones le provocará orgasmos mientras yo, me provoco los míos. Y si pienso en mis manos enredadas en sus rizos mi piel se pone tensa.

Reproducir en bucle los temas que ella escucha, preguntarle por su vida, preocuparme por su alma, empeñarme en verle los dientes a través de sonrisas, hablarle-que me ignore, sentir una explosión en el pecho por cada gesto de mierda, rutina diaria que necesito cambiar si quiero sobrevivir. Y ni siquiera sé si quiero.

No tiene ningún sentido. En realidad, nunca lo ha tenido. Pero controlar los sentimientos cuando se trata de su melena rizada para mí es imposible. Tu no lo sabes, porque no la has visto, pero yo sé que ellos sienten lo mismo. Que la miran y no pueden pensar, como yo. Que la miran y piensan en quién guarda la fortuna de velar sus noches. Que la miran y piensan que se joderían la vida por una noche en su cueva. Todo es lujuria, lo mío, también, pero yo siempre la quiero un poco más que el resto.

Probablemente solo sea el gilipollas que la mira con cara de idiota cada vez que ella y su olor a melocotón se contonean por la oficina. Probablemente no, ciertamente, lo soy. Lo que ella no sabe es que también soy el pringado que lo que desea es su felicidad más extrema, aunque felicidad no se escriba conmigo.

Seré un gilipollas, pero la quiero libre.

Aunque libre sea la angustia diaria de verla pasar cada día.

Los silencios de mis latidos por los secretos de su falda.

Siete veintiochos.

Me amenazó diciéndome que se quería casar conmigo, yo le escribí esto y lo guardé en un cajón hasta el primer día del resto de nuestras vidas. Pero soy una impaciente, y él hoy necesita escuchar te quieros;

No tengo muy claro por qué te estoy escribiendo esto un veintidós de Septiembre, a las once de la noche, después de casi enviarlo todo a la mierda por una falta de aire no sé si del todo justificada. Que prácticamente hemos suspendido la boda, la puta boda, ¿en qué momento nos pareció una buena idea casarnos? Supongo que si algún día digo que sí a firmar en un papel todo lo que siempre nos hemos querido decir, tendré que llevar algo preparado, cosas típicas del amor romántico y tal, pero vamos, que esta noche tengo más o menos una ligera idea, pero solo ligera, de lo que me gustaría decirte ese día. Aunque no tengo muy claro que sea capaz de decírtelo delante de mucha gente, claro. Ya me conoces, como una puta cabra.

El caso es que lo has vuelto a hacer, después de 7 años, cuando todo parecía más perdido que yo conduciendo por el centro, me has vuelto a recordar por qué eres el jodido hombre de mi vida. Y lo digo así, con tacos, de fuerza y de rabia, de haber tenido que irme para verlo, de que hayas tenido que salir a buscarme, para decírmelo. 

Ambos sabemos que yo no soy fácil, que tú tampoco eres un ángel y que esto no ha sido un paseo por el valle. Suelen decir que el verdadero amor no se encuentra, se construye, y al lado de nuestra mega-construcción, la Torre Eiffel, se le ha quedado a París enana. Y mirar con envidia no les servirá de nada, esto requiere esfuerzo; querer los peores demonios de otro que no seas tú en la práctica es jodido, pero todo es querer, más o menos, como tú me quieres a mí. 

Pero bueno, que lo hemos conseguido, lo has conseguido; porque el matrimonio no era para mí hasta que tú me dijiste que te querías casar conmigo, y seguro que ellos no lo entienden, pero te juro, que que alguien se quiera casar conmigo… eso sí que es una declaración de amor; de amor, de paciencia, y de constancia. 

Y cada vez que creo conocerte del todo me vuelves a sorprender, no sé, que si salgo corriendo lo dejas todo abierto para que no me tropiece y pueda salir tranquila, y encima me vigilas la carrera para que no me caiga y me abra la cabeza. Supongo que debes saber cosas que yo ignoro, como que cada comienzo y cada final de cada estampida que hago, son el mismo; tú.  Por eso te quiero; por eso nos quiero; porque en esta casa están todas las puertas abiertas, y sé que puedo salir y entrar cuando quiera, que puedo gritar, llorar, reír como una esquizofrenica, dormir como una marmota. Puedo ser yo, puedo ser otra, puedo ser quien quiera que sea. 

Bueno, que me extiendo, y solo quería decirte una cosa; yo sé que muchos creen entendernos, o que creen que tenemos una fórmula mágica para querernos, nada más lejos de la ficción; lo cierto es, que ninguno teníamos idea de la magnitud de lo que ocurría aquél veintiocho de Octubre. Lo que te quiero decir es, que no creo que haya nada más extraordinario en el universo, que el amor basado en la libertad de hacer y decir lo que apetece, basado en el respeto de las decisiones ajenas, basado en el amor propio mezclado con el amor a otro, y es que eso es, a exagerados rasgos, lo que tú me das. Solo era eso, que gracias por quedarte, por luchar, por no darte por vencido conmigo, jamás.

Teóricamente (in)correcta.

Tengo bastante claro el guión del amor sano. Las normas de una relación normal. El amor inteligente. Nada dañino, algo natural. Quererte, no necesitarte, desearte felicidad sin mí, conmigo, con ella, con nadie. Quererme a mí antes que a ti, que tienes intereses propios, que puede que al final tu camino no sea el mío. Que eres libre, que no somos uno, que la puerta que está abierta para salir, igual está cerrada para entrar. Sin juicios, sin propiedades, sin títulos, compañeros libres.

Ja.
Qué puta la teoría.
Que desintoxicada se presenta.

No te lo creas, es todo mentira.

 

Como te decía, lo entiendo. Sé lo que es, acepto el concepto, lo proceso.
Pero no nos engañemos.
La práctica, la práctica se me da asquerosamente mal.

Y no te voy a mentir, me está costando practicar.
Será que soy un desastre emocional, te lo resumo aquí:
En la práctica te quiero para mí, lo entiendo; eres libre. Pero si tengo que elegir, voy a ser egoísta; que tu felicidad esté aquí, conmigo. Que la mires, y te acuerdes de mí. Que necesites un abrazo y quieras el mío. Que la última noche, la desperdicies conmigo. Que tu plan de vida, sea el mío. O mejor, sin plan, compartir el caos. Que cuando quieras desaparecer, sea en mi compañía. Que prefieras discutir conmigo, que follar con otra. Que la libertad te guíe a mi puerta. Que tu olor favorito, sea el de mi pelo. Y tu sonido favorito, el de mi risa.
Claro, puta egoísta, pensarás.
Joder, QUÉ SÍ.
Que sé que no te tengo que necesitar, que la dependencia es una mierda, que no es amor, que es un invento, algo barato, de mentira, algo comercial.
Lo sé.

Lo sé.

 

De verdad,
la teoría es muy bonita,
pero yo prefiero estar mirando toda la vida tus pestañas. 

Lo bonito del desastre.

Por qué no nos hicimos una puta foto juntos ayer está directamente relacionado con mi incapacidad para tratarte tan bien como te mereces y con mi costumbre de pasear mi amor propio por el suelo de toda la ciudad hasta el momento en que me llevas arrastrando a casa.
Soy el desastre personificado. Lo sé yo, lo sabes tú, lo sabemos todos. Soy ese momento de caos antes de salir de casa cuando llegas tarde a trabajar, la incapacidad de poner a funcionar todas mis habilidades, ese pelo que siempre se mueve de su sitio después de haber salido peinado de casa, todas las cosas molestas que el universo se empeña en poner ahí para jodernos la vida.
Fallos tenemos todos, pero lo mío no es normal.
Por eso cada día me sorprendo más cuando decides no salir por la puerta.
Por eso cada día me sorprendes más al no rendirte conmigo.
¿Te quedas entonces? Puedo intentar cambiar, no hablarte mal, matar los demonios. Darme cuenta de lo hija de puta que soy cada vez que pago contigo lo que no puedo pagar conmigo. No castigarte a ti por mis errores. Joder, tiene que ser difícil quererme. Aún así, ¿te quedas? Es que contigo me siento a salvo, en calma, en casa. Puedo darte las gracias y pedirte disculpas toda la vida, no bastaría ni para empezar, porque eres demasiado, ¿seguro que eres real? Te quiero, ¿te lo he dicho ya?
Decir que tengo un ángel de la guarda es quedarme corta cortísima.
Lo bonito del desastre es que inexplicablemente te quedes.
Pero prometo compensarte. Y te aseguro que merecerá la puta pena. 
 
Porque también puedo ser jodidamente buena. 

Alguien.

Alguien. Una persona. Quién sea. Pero que te abrace y se te pase todo. Alguien que te mire y sepa tu estado de ánimo. Alguien que te conozca mejor que tu madre, que tu padre, que tu hermana, que tu prima, mejor que tu misma. Alguien capaz de hacerte reír en el momento más amargo y horrible de tu vida. Alguien con luz. Alguien que te de los buenos días con besos, y las buenas noches con abrazos. Alguien que te quiera de forma incondicional, irrompible, ilimitada. Pero que te quiera bien, que te quiera libre, que te quiera feliz, aunque ese feliz no le incluya. Alguien con barba, o sin ella, pero con una sonrisa arrolladora. Alguien dispuesta a compartir su vida, toda la vida. Alguien que comprenda que la vida es amor, felicidad y sonrisas, pero que también sepa que es dolor, desesperanza y llanto. Alguien que cuando todos los demás salgan corriendo, se quede. Alguien que no huya, que no te decepcione, que no te ignore, que no cierre los ojos al dolor. Alguien que haga de tus problemas los suyos, de tu tristeza la suya, que entienda tus lágrimas como lo más amargo de este mundo. Alguien que te entienda cuando ni tu lo haces. Alguien objetivo en momentos subjetivos. Alguien que no prometa, que lo haga y punto, sin avisos ni falsos juramentos de falsas esperanzas. Porque las promesas se rompen rompiéndolo todo con ellas, pero los actos se cumplen al momento permaneciendo intactos en la memoria. Alguien con fe en ti, con esperanza inagotable. Alguien con chistes tontos en las mangas, uno o dos por cada mal día. Alguien que sin paredes, ni suelo, ni techo, te haga sentir en casa. Alguien que no cambie como la posición de la luna, que sea como el sol, que siempre esté ahí. Quédate con alguien así. Con alguien así, y con nadie más.