Diario -tardío- de una cuarentena.

Día 18 -creo- de cuarentena domiciliaria por COVID-19.

No es fácil escribir cuando parece estar todo escrito y dicho sobre la clausura obligada a la que una criatura invisible nos ha condenado, ni tampoco seré yo quien romantice la situación que al paso de los días se va alargando más de lo que nos gustaría. No mentiré diciendo que echo de menos abrazar porque nunca me ha gustado que me toquen a excepción de un puñado muy pequeño de personas a las que guardo un especial y espacial cariño, pero sí que me parece necesario que no se nos olvide que más allá de un virus muy apegado al ser humano, estamos asistiendo al espectáculo más brutal de la diferencia de clases que nos escupe a la cara lo necesaria que sigue siendo la lucha de abajo hacia arriba. Y eso no se combate con arco-iris.

Que no, que no es lo mismo ni lo será nunca estar dos meses encerrada en un piso de 25 metros cuadrados una o varias personas, a que tu habitación sea de ciento diez metros cuadrados en un palacio que te pierdes hasta tú. Que hay familias hacinadas en habitaciones, niños viviendo en sótanos sin luz, que la realidad social es tan compleja que no cabe en un puñado de medidas pensadas para adultos con bolsillos llenos y casas con jardín, porque que la situación sea difícil no elimina que el plan de intervención sea pobre, y no me quejo de las caras del poder de turno porque cualquier tipo de medida adoptada es -y será- insuficiente, cuando el problema ha sido la normalidad y la voracidad del sistema establecido antes de quedarnos todas a descansar bajo la manta. Y sí, soy consciente y estoy agradecida porque si esas caras fuesen aquellas que su lado bueno es el derecho, estaríamos todavía muchísimo más jodidas. Pero aún así, el análisis es necesario.

Las acomodadas repiten una y otra vez que sólo nos piden quedarnos en casa, pero no se plantean qué significa quedarse en casa para las que tienen menos, las que conviven con problemas de salud mental, con alguna diversidad funcional o directamente con algún miembro familiar maltratador o, por qué no, gilipollas. Hay quien ha osado romantizar la situación diciendo que qué bien todo porque así podemos disfrutar de nuestras hijas, esas a las que el sistema nos impide ver y cuidar, pero que las necesita para que coticen y paguen pensiones, y todas aplaudiendo y asintiendo. Y sí ahora tenemos ese tiempo, pero no es un tiempo regalado, es un tiempo que nos pertenecía de antes y que el sistema, para producir, ya nos había robado, y es que una cosa es ver el lado bueno de las cosas, y otras pecar de ingenuas y ciegas, ignorando la realidad y las circunstancias en las que ya vivíamos antes de la pandemia™.

Las muestras de solidaridad diarias entre vecinos combaten mano a mano con las muestras de acusaciones y denuncias entre otros vecinos, y la suerte de cada cual dependerá de la clase de persona con la que te haya tocado compartir rellano… o calle. Quién sabe. Hay a quien le atrae el poder policial como las polillas a la luz, y hay a quien nos aterra y observamos y denunciamos toda corrupción -del sistema- que llega a nuestros ojos, mientras pensamos en toda la que no se puede denunciar porque no se ve. Recuerda siempre que la solidaridad vecinal es tu amiga -y lucha de clases, ya que estamos.-

Otro día más, es otro día menos. Algunas claman y gritan que todo saldrá bien, pero qué es bien. Qué narices es lo que va a salir bien cuando hay tantas personas muertas y tantos duelos pausados por despedidas imposibilitadas priorizando frenar la curva de contagios, Qué normalidad es la que tiene que volver cuando ha sido esa normalidad la que nos ha empujado al abismo. No volveremos a la normalidad porque antes ya no la teníamos, nada va a estar bien porque no puede estar bien algo que antes ya no lo estaba y que ahora tendrá que afrontar las consecuencias de lo que nos ha pasado. Hacer como si nada sería mentirnos a nosotras, mentir al futuro y mentir a nuestras hijas, impidiéndoles prepararse por si algún día tienen que vivir algo similar.

Ni todo estará bien, ni nada será normal, pero estaremos juntas y haciendo presión hacia arriba, que es, en definitiva, lo más importante.

La magia del privilegio.

El privilegio sesga y no te deja ver más allá de tu propia nariz. Nos ciega y nos aísla de las realidades distintas de las que orbitan alrededor de nuestros pies. Nos convierte en seres incapaces de reconocer el dolor ajeno de aquél que nos dice que estamos generando un daño. Nuestras situaciones de poder  pisotean las manos y las almas de aquelles que el sistema ha relegado a tener menos por ser diferentes. Nos separa del lado más cruel de una realidad que no espera, no acompaña y no cuida.

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Todavía.

Después de todo este tiempo, después de todas las miradas, todos los olores y todos los obstáculos saltados. Después de todas las discusiones y disputas, de todos los portazos, los objetos voladores, las lágrimas y la pasión. Después de verte cada día, después de despertarme contigo, después de contarnos y besarnos todo, después de haber peleado con todo y con todos. Después de habernos quedado solos, después de ir a contracorriente y después de haber ganado, y perdido. Después de todo. Aún te veo. Aún estás aquí. Aún suspiro cada vez que te veo llegar. Todavía veo el sol en tus ojos, y aún te quiero como si fuese a morir por ello, aunque a veces parezca que no, aunque a veces se me olvide. 

Eres mi constante, mi punto fijo, mi amarre en medio de la nada más absoluta. Y por mucho que lo intente, por mucho que utilice palabras tratando de construir una descripción de lo que tenemos, es en vano; es una sensación inmensa que lo abarca todo. Es como si todo encajase en su sitio de una forma sencilla, simple, fácil.

A veces te odio, no lo voy a negar. A veces siento que esto se acaba, que nos hemos quemado, que hemos gastado todos los cartuchos, que la rutina nos ha ganado. Pero aún en esos momentos, aún si eso ocurriese, si nuestros caminos se dividiesen, te seguiría queriendo. Pase lo que pase, yo te querré siempre. Me has dado tanto, me has enseñado tanto, que no podría no quererte. Eres mi persona. Y lo que se siente al saber, que no importa lo que pase, que no importa cual sea el final, porque siempre me importarás, no tiene precio, ni descripción alguna.

Todavía sigo queriendo escaparme contigo, al otro lado del mundo o al otro lado de la calle. El lugar, como siempre, no importa.