Crónica de una presencia ausente.

Que siempre me hiciste falta y nunca estuviste ahí, o al menos, no estuviste de la forma en que yo quería que estuvieses. Que estando nunca estabas, y duele más la presencia ausente que la ausencia ausente en sí. Siempre fuiste diferente al resto, y no, no en el buen sentido. Y aunque ahora estás, a veces, no siempre, ¿de qué me sirve que estés, si estar significa obtener algo a cambio? ¿de qué me sirve que me des, si lo único que esperas, es recibir? ¿de qué me sirve que me protejas, si lo haces por tu propia imagen, y no por amor?

Si soy de las pocas personas que te conocen de verdad, si conozco todos y cada uno de tus defectos, todos tus errores, todos los pasos que has dado en falso, todas las palabras envenenadas que has dicho y todo el dolor que has causado, si aún así, te quiero por ser quien eres, ¿por qué no abres los ojos para verme, de una vez por todas? Si yo acepto todo de ti, lo bueno y lo malo, ¿por qué no eres tú capaz de hacer lo mismo conmigo? ¿por qué siempre exaltas lo malo de mí y te empeñas en criticar cada uno de mis pasos? 

Has elegido rechazar a quien te quiere y aceptar a quien interesas por beneficencia de lo material y veneno disfrazado, pero algún día verás que estás equivocado. Verás que cada vez que abriste la boca para vestirte de héroe y víctima a la vez, mintiendo e inventando, perdiste un trozo de mí. De mí, de la persona más leal que tienes y has tenido a tu lado, porque te quiero y te odio, pero siempre te lo diré a ti, y no detrás de ti.  Poco a poco, el amor se va deshaciendo, y al final, como todo, se acabará. Y al final, como todo, me perderás. Nos perderemos, y lo perdido no será recuperable. Y lo que puede ser no será, por dejadez o imposibilidad de uno, o de ambos, quién sabe.

Siempre esperé más de ti, siempre. Un beso, una caricia, palabras de aliento; sentirme protegida, sin más. Pero eso nunca llegó, y nunca llegará. Tuve que aprender a andar, sin ti, que estabas pero sin estar, y esa presencia ausente generó un vacío tan grande que todavía, hoy, sigue ahí. Te necesitaba y te necesito, exactamente igual que ayer. Pero no estás. Nunca has sabido estar. ¿Será que la vida no te permitió más, que lo has hecho lo mejor que has podido?, ¿será que soy demasiado exigente? Lo único que quería era lo que los demás tenían y que yo envidiaba y ansiaba como lo hago hoy; alguien en quien confiar, en quien apoyarme, algo especial, brillante, imperfecto pero inolvidable y reconfortante. Quería un refugio, …pero siempre me sentí sola en lo referido a ti.

Y por ello temo, siempre, no ser capaz de dar lo mejor de mí. Y por ello temo, siempre, ser igual que tú.

Lo único que quería era que fueses el único hombre que no me rompiese nunca el corazón, el único en quien confiar. Y eres el que más veces me lo ha roto. Y eres el único que cambia los colores y la intención de sus palabras.

Y mientras tanto, yo, me conformo diciéndome que aún así me quieres.
Me conformo diciéndome que lo haces lo mejor que puedes.
Y voy mirando con recelo aquello que los demás tienen.
Que tienen, que nunca tuve y nunca tendré.

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