De seguridad (salvavidas)

Que si estoy segura de qué. De tus manos sobre las mías o de tus ojos al amanecer. Que si estoy segura, otra vez. De tus detalles cotidianos o de tu alma incansable.
Que sí, joder, que lo estoy.
Que si me lo he pensado bien. Que sí, me lo he pensado bien. Tu cuerpo sobre el mío, mi tristeza entre tus brazos, mis nudos en tus dedos.
Que sí joder, que no hay nada que pensar.
Que si saldrá mal, que si saldrá bien, que si podemos perder, perdernos a nosotros, el alma, la vida, las ganas.
A ver, que el amor no tiene que ver con un papel. Tiene que ver contigo, conmigo y nuestras sábanas.
Las formalidades son un complemento, no una necesidad. Si partimos de eso, qué, dime, qué puede salir mal.
Claro que todo. Todo puede salir mal. Y si tiene que ser malo lo será igual. Sin firma, con firma, con contrato, sin contrato.
Se sienten atrapados y preguntan, claro, si estoy segura. Pero verás, amor mío, existe el detalle (diminuto, no insignificante) de que todo el que pregunta no te conoce. Los que te conocen, no dudan.
Un lugar donde refugiarme del mundo, ser yo misma, quererme y que me quieran. Algo incondicional. Un muro contra el viento, un abrigo contra el frío, sonrisas contra la vida y abrazos, abrazos contra todo.
Que el mundo es un lugar horrible. Y qué. No vamos a dudar del amor, también. Que no, que yo no.
Qué es eso de dudar de la persona que tienes al lado. Porque al final, es eso. No dudas de un papel, dudas de las personas. Si dudase, me iría. Si dudases, te irías. Qué es eso de amar sin darlo todo, sin jugarte el alma, sin romperte la piel.
Nosotros somos libres. La puerta está abierta, las posibilidades, intactas. No me voy a extender aquí porque las razones de tus ojos son infinitas, pero en resumen, sí, estoy segura.
Con los ladrillos de los muros que has derribado para llegar hasta mí voy a construir otro para no escucharles gritar.
Todavía no he encontrado razón mejor que tú a la que apostar mi vida entera. En realidad, tampoco me lo he pensado tanto; lo supe desde el primer día. Pero claro, es un secreto intacto que no contaré a nadie.
Al final, mira, no, no tengo dudas. Y que su incomprensión sea la cama en la que nos revolcamos con ganas de comernos el mundo, y la vida. De repasarnos las arrugas mientras pasa el tiempo sabiendo que de aquí podemos irnos sin obligación alguna con la certeza, eso sí, de que al menos hemos tenido la valentía de intentar amarnos con toda la fuerza que el mar pone en las olas y que a veces, sin querer, ahoga vidas.

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