De vergüenza también se vive.

Siempre quise escribir y nunca tuve narices.
Ni valor.
Ni ovarios.
Ni poca vergüenza.
Siempre preferí esconderme en el sofá, bajo los sueños de los demás.
Me da vértigo, será un problema de altura.
Aunque tu creas en mí yo siempre voy a creer que me voy a estrellar. Cómo si abrirse la cabeza al pegarse una hostia descomunal fuese el fin de todo. Va a doler, lo sé. Pero el vacío ya no me deja dormir, y mis vacíos se llenan con letras. Y tengo que madrugar para ir a la oficina, ¿lo ves? no puedo no dormir.

Te estoy diciendo, 

que me está costando

lo indecible,

una cosa horrible,

hacerlo público.

Que esto,

es lo que quiero.

Me va a dejar cicatriz, lo sé. 

Siempre he sido más de esconderme que de dejarme ver, más introvertida que extrovertida, más de noche que de día. Nunca seré una chica risueña, de las que se quedan calladas cuando deben hacerlo. Prefiero equivocarme, poder torturarme con ello. Y tengo miedo, ya lo creo que sí. Pero imagina que sale bien, y abandono las excusas para no sonreír. Claro, no te lo crees ni tú. Es que no hay por dónde cogerlo.
Te estoy diciendo, que no sé cómo voy a despertar mañana, que ni idea de qué día es, ni de qué color llevas el maldito vestido. Te estoy diciendo quién soy, y si pudiese moverme, te daría un abrazo. Te digo, que la maldad de la gente paraliza pero que la bondad abunda.
Y yo qué sé, mira qué si nos sale bien.
Vamos a ignorarlos, voy a escribir. 

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