El cobarde.

Has cambiado.- Me dijo entre descansos de una relación a punto de morir.
Como si el cambio fuese mejor que quedarse estancado en el mismo punto eternamente. Para siempre.
Pude decirle muchísimas cosas, era la oportunidad perfecta para hacerle saber que los juegos mentales y los chantajes baratos no son justos ni correctos en una relación de iguales, que quererse bien es quererse bonito y quererse libres, libres de cambiar, de ir, de volver, de crecer, de empequeñecerse, de equivocarse, de arrepentirse.


Pude decirle que estaba equivocado si creía que con manipulaciones constantes conseguiría establecer vínculos sinceros y potentes, que al final alguien se quedaría por miedo pero no por amor del bueno.
Pude decirle que yo había cambiado porque ya no era aquella inocente manipulable a la que podía manejar a su antojo, que lo que le molestaba no era el cambio en sí sino que ahora mi voz sonase por encima de la suya exigiendo mi sitio en aquella relación tan viciada, que hasta el momento solo había tratado sobre su capricho y necesidad, y donde nunca se tuvo en cuenta si mi opinión era diferente o era igual.
Pude decirle que me sentía más libre que nunca porque había conseguido arrancarme del alma todas las culpas que él fue colando poco a poco y sin permiso a través de mis ojos, generando una losa de cemento tan pesada que me impedía caminar.
Pude decirle que acababa de pulsar el interruptor de su propia soledad, que había desintegrado la venda que cubría mis ojos y mantenía su tirano reinado sobre mis piernas y mi vida.
Pude, pero no lo hice.
Conmigo no te va a funcionar más. – Le dije en el descanso definitivo de una relación agradecida de morir.
Y destrocé de un plumazo todos los sometimientos que consiguió a lo largo de años con promesas de amor mágico y eterno.
Y aniquilé su voluntad de volver a construir en mí un lugar para él a su antojo y placer sin contar conmigo.
Y me fui dejando morir algo que pedía a gritos un suicidio asistido, porque ya no soportaba más el ahogo de lo que se construye sobre el miedo y la angustia de creer que hasta la más insignificante mota de polvo cae mal por culpa tuya.
Y la libertad me acogió con los brazos abiertos y el pelo al viento, mientras drenaba en canal la herida abierta dejando salir los restos del cadáver de lo nuestro, que no volverá a ser jamás porque ni la magia más pura ha conseguido nunca resucitar muertos.

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