El mar.

Hay un susurro ensordecedor en mi oído y no es ruido, es la brisa que me llama invadiendo cada espacio vacío, indicándome que respire despacio mientras inhalo la sal que al final me quedará en la piel como prueba determinante del delito.

La inmensidad formada por gotas me mira y se mece con fuerza ignorando los pies que están a punto de romperla. O te rompo a nado o me rompes tu a mí.

Me sumerjo y el mundo desaparece en una burbuja de bravura, ensordecida no puedo escuchar todas las tragedias que fuera de las olas hacen el infierno en la tierra. El agua me envuelve y me abraza a la vez que me estira para que le regale mi vida si no lucho a muerte.

Y al llegar la extenuación me dejo flotar mirando las nubes, mientras me siguen salpicando en la cara las ganas de llegar más allá y de vencernos a ambos, a mi por superarme, a ti por no ahogarme.

Volveré con mas fuerza, la misma que rompe en las rocas volviéndolas arena y con las heridas curadas a base de sal y agua.

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