Fuera de peligro.

Al borde del precipicio las vistas son más bonitas pero el vértigo no te deja respirar. Todo lo que un día aborreciste te parece más esencial que los primeros rayos de primavera. Será que somos todos muy valientes hasta que el lobo nos arranca las orejas.

El momento en el que crees tenerlo todo bajo control bajas la guardia y acabas con un pie en el vacío intentando hacer equilibrios imposibles  entre la culpa y la incomprensión de cómo coño hemos llegado a este punto. Nos hemos creído invencibles, infinitos, inmortales, y nos lo hemos creído tan bien que ha venido la vida a partirnos la cara.

Nos ha pillado la realidad sin fuerzas enseñándonos a hostia limpia que los amores eternos son la ficción más deseada de la historia y que nosotros, amor mío, no íbamos a ser diferentes. Nos hemos creído especiales mientras pagamos por ello las consecuencias de ir sin frenos.

Me he quedado con la cara blanca y el corazón a trozos en la mano con la absurda esperanza de estar metida en una pesadilla horrible de la que en algún momento me vas a despertar.

Pero no.

Bienvenida al mundo real, querida.

Sintiendo el frío que ha crecido de repente de la nada entre nosotros me pregunto si será, si será que lo hemos hecho todo mal, si será que el amor es la mentira inventada y mayor explotada para que la existencia no nos duela tanto.

Y mientras me congelo espero que cruces el mar helado que hemos creado a nado para darme un abrazo y decirme que tranquila, que estos son los sustos normales de la vida, que vamos a solucionarlo con un montón de palomitas, risas y chocolate.

Pero sigues al otro lado igual de congelado, que yo, que nosotros, que nuestros días.

Qué nos está pasando, joder, qué.

Espero que sepas coser un descosido o descongelar un continente, que decidas quedarte a luchar contra nuestros monstruos mientras volvemos a ser conscientes de que somos igual de especiales que el resto de gente que intenta quererse sin tener ni puta idea de lo que estamos haciendo.

Quédate y empezamos el deshielo.

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