Goodbye.

Hace tiempo que no paso por tu mundo y me llamas ignorando el final inevitable de todo lo finito. Nuestro tiempo ha pasado igual que pasaron los días despreocupados llenos de ignorancia.

La barra que nos vió gobernar la noche sigue esperando un reencuentro que no va a suceder. Sigues siendo la reina del baile, y no voy a sacarte a bailar.

Te quiero, pero me tengo que ir.

El frío de la noche me inquieta y ya no arropa. Ahora mis noches son para guardar el consuelo de quién está aprendiendo a vivir. La vela de las noches en vela ha cambiado su sentido por completo; mis mejores galas son pijamas de murciélagos con agujeros y ojeras infinitas.

Te miro y ya no reconozco las ganas de calle y el hambre de mundo. Tu pelo largo y enredado que tantas veces perdí mirando ahora descansa en una trenza cortada dentro de una caja de zapatos. Has desaparecido en una nueva era de huracanes vitales que han arrasado con todo.

Tus curvas discretas se han convertido en ángulos brutales desde los que precipitarse al vacío. Tu belleza canonizada ha desaparecido, ahora no somos más que el reflejo de la realidad más pura y cruda que hayamos vivido.

¿Ha llegado el día? ¿Hemos crecido?

Las luces nocturnas ya no espían nuestro paseo de vuelta a casa a las horas más indecentes de la madrugada. El recorrido hacia los sueños ha frenado en seco aparcando a un lado para disfrutar del paisaje. Ahora soy escudo protector que no entiende fiestas interminables y borradas por el alcohol.

Me llamas y te escucho a kilómetros. A gritos te digo, que guardaré para siempre los momentos regalados que la vida nos hizo vivir en una caja cerca del pecho y de la cama. Prometo no olvidar que juntas fuimos imparables en un mundo agonizante que no fue capaz de hundirnos.

Te echo de menos, pero no voy a volver.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *