La posibilidad perdida.

Perdona por tardar en volver pero he estado mirando las nubes como si no pasara nada. ¿Te acuerdas de las promesas? Las hemos roto todas.

La que no fue, la que se fue. Todos tus discursos íntegros de pacifismo y respeto se vieron salpicados por el negro que escupió tu alma el día que decidiste juzgarme una y otra vez por no estar de acuerdo conmigo. Deja que te diga una cosa, no tienes ni idea de amistad.

Porque mis amigas no me ríen las gracias que no tienen gracia, ni aplauden las decisiones que estampan mi cara contra el suelo, pero se quedan a mí lado mientras coso cicatrices y me arrancan sonrisas entre lágrimas.

Porque yo habría aceptado que eres una persona extraña con fallos y que comete errores, sin importar el precio a pagar por ello. Porque la amistad se construye incondicional y tú me juzgaste sin derecho cerrando la puerta de un portazo.

Porque la amistad es no estar de acuerdo y aceptarlo. Es el apoyo en medio del desacuerdo. Es decir te estás equivocando pero te voy a coger de la mano mientras lo haces para que no lo hagas sola. Pero tú no sabes qué es eso porque crees que estar sola es sinónimo de rebeldía y de tener razón. Y no. Estar sola es estar sola. Y nada más.

Porque la amistad es entender que las personas cambian, se transforman, se reafirman y se desdicen.

Porque la amistad es preguntar en la distancia, preocuparte, abrazar y entender. Es amoldarse, es extender la mano, el brazo y medio cuerpo si hace falta.

Al final resultó que soy un cúmulo de contradicciones. Que digo una cosa y hago otra. Y qué. Tal vez no sea un desastre tan horrible si al irte me dieron la enhorabuena unas cuantas veces personas diferentes en acuerdo de que no eras buena gente. Yo les digo que tus razones tendrías, aunque las desconozco todas.

Y si hoy estás aquí es que aún esperas algo de mí aunque no sé muy bien el qué. Cuando espiabas mis historias a escondidas sin decir hola, cómo te va la vida, qué tal lo llevas. Cuando mirabas asomada desde la puerta sin atreverte a preguntar. A pesar de todo, te habría invitado a pasar.

Seguir dándole vueltas es tan inútil como evitar la muerte pero inevitable como respirar. Y lo sigo haciendo. No todos los egos son capaces de aceptar el rechazo de alguien a quien apreciabas, el mío y yo seguimos trabajando en ello. Y a pesar del desacuerdo te habría seguido invitando a café, y ya nunca podrá ser. Nos hemos odiado tanto que las posibilidades de resucitar algo muerto han quedado enterradas bajo toneladas de ego herido.

Quería zanjar el tema aquí de una vez y nada más, cerrando la puerta y tirando la llave al fondo del lago más profundo de la isla, pero nunca sé qué va a salirme de las manos y los dedos. Al menos prometo que esto es todo, hasta mañana.

Al final las perdedoras somos las dos. Perdimos la posibilidad y a nosotras. Acuérdate de que ya no soy la que era ayer ni la que seré mañana, soy otra que a ratos recuerda nuestros cafés a media tarde sin nada más que hacer que contarnos lo horrible que es a veces la vida, que nos quita cosas sin explicarnos que los finales no tienen por qué ser felices ni tampoco eternos.

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