La tormenta.

Siempre me había gustado el frío hasta que he tenido motivos para temer sus posibles consecuencias. Nunca pensé que me refugiaría huyendo de algo que siempre he adorado, que acabaría buscando el sol antes de poner los pies en la calle. Siendo sinceras, tampoco pensé nunca que acabaría teniendo al propio sol en brazos en el salón de casa, mientras el tiempo corre en nuestra contra robándonos la oportunidad de quedarnos congeladas en estos mágicos instantes para siempre.

Sí, has llegado.

Has llegado -incluso- cuando pensé que no lo harías. Cuando pensé que no podía más. Has llegado desintegrando la rendición de la vida, y del vocabulario. Destrozando el collar que te retenía. Lo has hecho. Lo hemos hecho. Qué valiente, qué atrevida.

Has llegado y has arrasado. Soy consciente, suena a tópico. Suena a lo de siempre. Tantas personas han intentado convertir esto en palabras que rayamos lo cansino. Pero es importante. Es importante que lo sepas; estés donde estés, vayas donde vayas, hagas lo que hagas, has llegado a romperlo todo, a quebrar moldes, a ser libre y a ser querida. Sobre todo eso, muy querida.

En medio de la ola de frío hemos encontrado la calidez de la primavera.

No aguardo para ti otra esperanza o propósito; sé buena, sé feliz, sé tú. Dónde quieras, con quién quieras, cómo quieras.

Bienvenida, hija mía, que disfrutes de la vida.

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