Las velas de la madrugada.

Después de una pesadilla horrible, incontables vueltas en la cama, verte dormir a pierna suelta mientras yo desesperada buceaba en las tragedias que nunca ocurrieron pero que podrían ser, he tenido que levantarme al sofá y encender la tele en un intento inútil de encontrarme con Morfeo otra vez, para darme cuenta del escondido pero no insignificante hecho de que mi suerte está ligada a la tuya.

Mi destino está cosido al tuyo.

Ya está, es un hecho.

No me entiendas mal, no me disgusta; es algo que acepto, en realidad no se me ocurre que pudiese ser de otra manera, no me imagino mirando otras vistas que no sean las de tu sonrisa, abrazando otra almohada que no sea tu pecho, ni subiendo a otro ático que no sea el de tu pelo.

El amor a veces tiene estas cosas, querer tanto que asusta porque sabes que si pierdes lo vas a hacer a lo grande; claro que si pierdes a lo grande es porque el amor ha sido increíble, inmensurable, infinito. Y quiero pensar que así es el nuestro. Así que aquí estoy, un Viernes de Mayo, escribiendo esto a las 6 de la mañana en plenas vacaciones mientras escucho al vecino salir corriendo hacia el trabajo, seguramente contento porque es Viernes, joder, y yo desperdiciando la oportunidad de tirar a la basura durmiendo la mañana de un día laborable porque no puedo soportar la posibilidad de que algo te separe de mi lado y no pueda volver a verte más, sin posibilidad de réplica, de suplica, de lucha.

Si el amor es debilidad yo prefiero tener algo que perder, aunque el miedo a ello  me impida volver a dormir nunca más.

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