Los aguijones de la avispa que nunca ves venir.

Dame un poco de tregua.

Quiero decir, no sé, soy nueva en esto. Tal vez me haya perdido, o me haya encontrado. Del todo puedo decirte que si algo soy es sincera. No es algo opcional, es inevitable. Mi cara siempre será un reflejo directo del sentimiento que me recorre el cuerpo. Más que un superpóder es una maldición; me da más disgustos que alegrías. Pero el caso es, que así soy. Y bastante trabajo me ha costado llegar hasta aquí como para decidir ahora que no me quiero. Y una mierda. Prefiero quererme a mí que a ti, siempre que cuando hable de ti sea de ti y no de otra persona. A otras personas sí prefiero quererlas. Pero a ti no.

99 por ciento sinceridad. No te mentía.

No me gusta escribir en negativo. En negativo sobre otros digo, sobre sentimientos igual si. Lo que decía, que quererte a ti resta más que suma. Nunca me han gustado las matemáticas, así que si me tengo que poner a hacer cuentas para sostener una relación, la puerta va a terminar cerrada. Y así ha terminado, cerrada. Pero con maderas atornilladas. Mi parte favorita son las flechas que lanzas desde la distancia con toda la intención de herirme, que yo recibo con cara rara y toneladas de indiferencia.

Si tuviera que definirte diría que eres la almohada que se convierte en víbora. Ese lugar en el que te recuestas cómodo y que al final acaba envenenándote hasta hacer dudar de tu propia piel. No, gracias. Para herirme y para quererme me basto y me sobro.

Si te apetece puedes hasta gritarme, culparme o seguir en tu intento vano de molestarme. Buena suerte. Estoy acostumbrada a ser la villana de todas las películas de mi vida. Lo que te decía antes; la maldición de la sinceridad. Ser yo misma sale caro pero no me imagino en otro supuesto que no sea buceando en mis tinieblas. Sí, también soy masoquista, todo un partidazo. Me da igual, me quiero más a mí. Me encanta retorcerme las heridas, meter el dedo en la llaga, que escueza, exprimirlo y grabar el papel más con sangre que con letras.

Y tu no eres tan especial como crees. Tal vez mi problema esté en no tener ningún problema con ser lo normal que la gente cree que soy. Pero qué hay de malo en lo ordinario, dime ¿qué?. Creerte especial es solo otra forma de creerte superior, y mira, a mí las clases me dan mucha pereza.

Léeme bien porque es la última vez que te escribo. No soy especial, pero iba a cuidarte mucho. La disponibilidad de secar tus lágrimas y guardar tus abrazos se ha perdido entre los juicios de valor que has decidido escupirme sin escrúpulos, entre la hipocresía que vistes con principios retorcidos reducidos a tu conveniencia. La inutilidad de valorar la oportunidad perdida se extiende por todas mis venas. La llegada de la indiferencia señala que la muerte está tocando al timbre de la puerta. Antes de olvidarnos del todo, te digo, voy a morder bien la pluma hasta exprimir toda la tinta, a abrazar mi sueño con toda mi garra y a mandarte lo más lejos, a la mierda.

Hasta nunca a toda tu envidia mal gestionada desde el intento de construir una vida extraordinariamente normal.

Sé feliz y no me busques,
porque me encontrarás.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *