Status quo.

Y qué si prefiero quedarme dispersa y desecha en una masa de nada que salpique todo lo que roza sin necesidad de guardar la compostura. Y qué si no quiero recomponerme por estar harta de alfileres, hilo y costuras. 

Cuál sería exactamente el problema si decido quedarme esparcida por toda la acera como las tripas del gato cadaver que arrastran ruedas de coches vacíos de humanidad, y que a las gatas nos duelen como alfileres bajo las uñas. Ninguno, en realidad. Sería, de hecho, el fin de todos los problemas. 

Ser intangible y flotar por encima de vuestras cabezas vacías con esa paz nunca antes vista ni conocida, ni siquiera a los pies de cualquier orilla de mar. 

Y qué si no quiero recoger los trozos rotos y desechos de lo que una vez fue algo parecido a un ser humano funcional pero que nunca jamás supo cómo avanzar, o cómo retroceder, o cómo si quiera caminar normal.

Cómo distinguir entre obligación y voluntad cuando al final acabas respirando y actuando por inercia, cuando el sentido de todo al que nunca encuentras te ha taladrado el costado rompiéndote un par de costillas y el dolor es intenso pero liberador desde aquella vez que decidiste que te importaban una mierda las razones existenciales de la vida.

A saber el funcionamiento cerebral del resto de humanos que no se cuestionan nada, ni siquiera el status quo que se mantiene en la sociedad actual como el martillo que ahonda el tornillo cada vez más en la madera, levantando astillas y clavándolas en la piel del que intenta arrancar cualquier clavo insertado a traición.

La deshumanización y el olvido de los cuidados -personales y familiares- han invitado a la producción al trono, y ahora vivimos en el reino del rendimiento. Si no rindes no vales nada. 

Y nada he acabado teniendo en las venas. 

Diario -tardío- de una cuarentena.

Día 18 -creo- de cuarentena domiciliaria por COVID-19.

No es fácil escribir cuando parece estar todo escrito y dicho sobre la clausura obligada a la que una criatura invisible nos ha condenado, ni tampoco seré yo quien romantice la situación que al paso de los días se va alargando más de lo que nos gustaría. No mentiré diciendo que echo de menos abrazar porque nunca me ha gustado que me toquen a excepción de un puñado muy pequeño de personas a las que guardo un especial y espacial cariño, pero sí que me parece necesario que no se nos olvide que más allá de un virus muy apegado al ser humano, estamos asistiendo al espectáculo más brutal de la diferencia de clases que nos escupe a la cara lo necesaria que sigue siendo la lucha de abajo hacia arriba. Y eso no se combate con arco-iris.

Que no, que no es lo mismo ni lo será nunca estar dos meses encerrada en un piso de 25 metros cuadrados una o varias personas, a que tu habitación sea de ciento diez metros cuadrados en un palacio que te pierdes hasta tú. Que hay familias hacinadas en habitaciones, niños viviendo en sótanos sin luz, que la realidad social es tan compleja que no cabe en un puñado de medidas pensadas para adultos con bolsillos llenos y casas con jardín, porque que la situación sea difícil no elimina que el plan de intervención sea pobre, y no me quejo de las caras del poder de turno porque cualquier tipo de medida adoptada es -y será- insuficiente, cuando el problema ha sido la normalidad y la voracidad del sistema establecido antes de quedarnos todas a descansar bajo la manta. Y sí, soy consciente y estoy agradecida porque si esas caras fuesen aquellas que su lado bueno es el derecho, estaríamos todavía muchísimo más jodidas. Pero aún así, el análisis es necesario.

Las acomodadas repiten una y otra vez que sólo nos piden quedarnos en casa, pero no se plantean qué significa quedarse en casa para las que tienen menos, las que conviven con problemas de salud mental, con alguna diversidad funcional o directamente con algún miembro familiar maltratador o, por qué no, gilipollas. Hay quien ha osado romantizar la situación diciendo que qué bien todo porque así podemos disfrutar de nuestras hijas, esas a las que el sistema nos impide ver y cuidar, pero que las necesita para que coticen y paguen pensiones, y todas aplaudiendo y asintiendo. Y sí ahora tenemos ese tiempo, pero no es un tiempo regalado, es un tiempo que nos pertenecía de antes y que el sistema, para producir, ya nos había robado, y es que una cosa es ver el lado bueno de las cosas, y otras pecar de ingenuas y ciegas, ignorando la realidad y las circunstancias en las que ya vivíamos antes de la pandemia™.

Las muestras de solidaridad diarias entre vecinos combaten mano a mano con las muestras de acusaciones y denuncias entre otros vecinos, y la suerte de cada cual dependerá de la clase de persona con la que te haya tocado compartir rellano… o calle. Quién sabe. Hay a quien le atrae el poder policial como las polillas a la luz, y hay a quien nos aterra y observamos y denunciamos toda corrupción -del sistema- que llega a nuestros ojos, mientras pensamos en toda la que no se puede denunciar porque no se ve. Recuerda siempre que la solidaridad vecinal es tu amiga -y lucha de clases, ya que estamos.-

Otro día más, es otro día menos. Algunas claman y gritan que todo saldrá bien, pero qué es bien. Qué narices es lo que va a salir bien cuando hay tantas personas muertas y tantos duelos pausados por despedidas imposibilitadas priorizando frenar la curva de contagios, Qué normalidad es la que tiene que volver cuando ha sido esa normalidad la que nos ha empujado al abismo. No volveremos a la normalidad porque antes ya no la teníamos, nada va a estar bien porque no puede estar bien algo que antes ya no lo estaba y que ahora tendrá que afrontar las consecuencias de lo que nos ha pasado. Hacer como si nada sería mentirnos a nosotras, mentir al futuro y mentir a nuestras hijas, impidiéndoles prepararse por si algún día tienen que vivir algo similar.

Ni todo estará bien, ni nada será normal, pero estaremos juntas y haciendo presión hacia arriba, que es, en definitiva, lo más importante.

Hoy he visto a tu mujer.

Llevaba unas deportivas fila que le seguían el juego a los legins, sudadera y moño despeinado que gritaban desde lejos que le importaba una mierda la opinión ajena.

La he visto y te juro que donde me enseñaron que debía sentir rabia por compartir esa parte de tu vida que una vez compartí yo, he sentido admiración, Admiración por ser capaz de aguantar lo que yo no pude, por construir puentes donde yo quemé bosques.

La he visto y no tengo ni puta idea de cómo le irá contigo, pero de lo que sí estoy convencida es de que semejante mujer no necesita que le vaya bien con nadie porque ya se tiene a sí misma.

La he visto y tras maravillarme no he dejado de preguntarme por qué narices pensaba en ella como tu mujer si es un millón y medio de cosas más, y en lo injusto que sería reducirla meramente a algo tuyo, a tu mujer, como si su existencia estuviera ligada a que tú te hayas fijado en ella para suceder, así que me he arrancado la etiqueta de la mente, porque aunque tu estés convencido de ello, sé que ella no te pertenece, igual que las lobas salvajes jamás pertenecerán al hombre.

Y es que hoy he visto a la mujer con la que compartes tu vida, y ahora me gusta más ella, de lo que me gustaste nunca tú.

La casualidad.

Tocó a la puerta un día que yo no debía estar en casa pero estaba y me hizo replantearme si la vida es sarcásticamente cruel o tiene un sentido del humor extremo.

Otro día me la encontré en un país al otro lado del mundo donde se suponía que debía ser el último lugar en el que sucediese algo familiar y entrañable, obligándome a cuestionar si hay destino o plan divino que nos empuja de forma inevitable a caer por el precipicio. Sigue leyendo La casualidad.

El columpio.

La inutilidad de hacerse mayor nos engaña haciéndonos creer que seremos importantes algún día y que para eso debemos abandonar los sueños que establecieron los cimientos de lo que somos hoy.

La rutina es importante, pero a ratos me parece que si no construyo un fuerte con cojines en el salón el mundo acabará explotando entre tanta responsabilidad y racionalidad que nos distancia de la locura que deberíamos dejar correr de vez en cuando. Sigue leyendo El columpio.