Rutina en Agosto. 

No tengo muy claros los límites de la tristeza los días que sé que voy a tener lejos tu sonrisa. Las escalas de grises aparecen y se llevan todos los colores, para ocuparse de que el día sea largo y vano. Los límites de la dependencia humana, esos sí que los tengo claros, pero se vuelven más complicados cuando te pierdes lo único que no cambiarías de tu vida. El paso del tiempo es una losa que no me deja dormir y me atormentan los días, las horas, los minutos perdidos en sitios vacíos que en lugar de restar aportan oscuridad a los días más brillantes.


La tristeza en realidad es el precio a pagar cuando la vida te niega seguir disfrutando de la felicidad máxima que tanto te ha costado conseguir. La teoría de alejarse de lo que no te hace feliz parece sencilla de aplicar pero se complica cuando vives en el mundo real. Y el mundo real apesta.
Nos pasamos la infancia queriendo ser adultos para vivir sin el permiso de nadie y cuando somos adultos nos metemos en trampas de las que luego no podemos salir. Intentamos convencernos de que la vida se empeña en ponernos límites pero los únicos que construimos muros ante lo que podría ser somos nosotros mismos. Al final siempre concluyo lo mismo; es falta de aprendizaje o de masoquismo. Aunque a veces pienso que se trata más de cobardía por falta de atrevimiento a saltar al vacío sin arnés y sin red sabiendo que la hostia va a ser dolorosa pero que en el despertar espera escondida la felicidad, otra vez.
Supongo que lo fácil es dejar que la felicidad dependa de la presencia de otro y no de nuestras decisiones de mierda, porque así podemos ser cobardes excusándonos en el dicho de que en realidad todo es más complicado que atrevernos. Atrevernos a vivir, a ser felices y a mandar a la mierda a la rutina.
Las ataduras más peligrosas no son las que unen a personas.
Voy a seguir pensando cómo sobrevivir una semana entera sin tu sonrisa.

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