Siete veintiochos.

Me amenazó diciéndome que se quería casar conmigo, yo le escribí esto y lo guardé en un cajón hasta el primer día del resto de nuestras vidas. Pero soy una impaciente, y él hoy necesita escuchar te quieros;

No tengo muy claro por qué te estoy escribiendo esto un veintidós de Septiembre, a las once de la noche, después de casi enviarlo todo a la mierda por una falta de aire no sé si del todo justificada. Que prácticamente hemos suspendido la boda, la puta boda, ¿en qué momento nos pareció una buena idea casarnos? Supongo que si algún día digo que sí a firmar en un papel todo lo que siempre nos hemos querido decir, tendré que llevar algo preparado, cosas típicas del amor romántico y tal, pero vamos, que esta noche tengo más o menos una ligera idea, pero solo ligera, de lo que me gustaría decirte ese día. Aunque no tengo muy claro que sea capaz de decírtelo delante de mucha gente, claro. Ya me conoces, como una puta cabra.

El caso es que lo has vuelto a hacer, después de 7 años, cuando todo parecía más perdido que yo conduciendo por el centro, me has vuelto a recordar por qué eres el jodido hombre de mi vida. Y lo digo así, con tacos, de fuerza y de rabia, de haber tenido que irme para verlo, de que hayas tenido que salir a buscarme, para decírmelo. 

Ambos sabemos que yo no soy fácil, que tú tampoco eres un ángel y que esto no ha sido un paseo por el valle. Suelen decir que el verdadero amor no se encuentra, se construye, y al lado de nuestra mega-construcción, la Torre Eiffel, se le ha quedado a París enana. Y mirar con envidia no les servirá de nada, esto requiere esfuerzo; querer los peores demonios de otro que no seas tú en la práctica es jodido, pero todo es querer, más o menos, como tú me quieres a mí. 

Pero bueno, que lo hemos conseguido, lo has conseguido; porque el matrimonio no era para mí hasta que tú me dijiste que te querías casar conmigo, y seguro que ellos no lo entienden, pero te juro, que que alguien se quiera casar conmigo… eso sí que es una declaración de amor; de amor, de paciencia, y de constancia. 

Y cada vez que creo conocerte del todo me vuelves a sorprender, no sé, que si salgo corriendo lo dejas todo abierto para que no me tropiece y pueda salir tranquila, y encima me vigilas la carrera para que no me caiga y me abra la cabeza. Supongo que debes saber cosas que yo ignoro, como que cada comienzo y cada final de cada estampida que hago, son el mismo; tú.  Por eso te quiero; por eso nos quiero; porque en esta casa están todas las puertas abiertas, y sé que puedo salir y entrar cuando quiera, que puedo gritar, llorar, reír como una esquizofrenica, dormir como una marmota. Puedo ser yo, puedo ser otra, puedo ser quien quiera que sea. 

Bueno, que me extiendo, y solo quería decirte una cosa; yo sé que muchos creen entendernos, o que creen que tenemos una fórmula mágica para querernos, nada más lejos de la ficción; lo cierto es, que ninguno teníamos idea de la magnitud de lo que ocurría aquél veintiocho de Octubre. Lo que te quiero decir es, que no creo que haya nada más extraordinario en el universo, que el amor basado en la libertad de hacer y decir lo que apetece, basado en el respeto de las decisiones ajenas, basado en el amor propio mezclado con el amor a otro, y es que eso es, a exagerados rasgos, lo que tú me das. Solo era eso, que gracias por quedarte, por luchar, por no darte por vencido conmigo, jamás.

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