Status quo.

Y qué si prefiero quedarme dispersa y desecha en una masa de nada que salpique todo lo que roza sin necesidad de guardar la compostura. Y qué si no quiero recomponerme por estar harta de alfileres, hilo y costuras. 

Cuál sería exactamente el problema si decido quedarme esparcida por toda la acera como las tripas del gato cadaver que arrastran ruedas de coches vacíos de humanidad, y que a las gatas nos duelen como alfileres bajo las uñas. Ninguno, en realidad. Sería, de hecho, el fin de todos los problemas. 

Ser intangible y flotar por encima de vuestras cabezas vacías con esa paz nunca antes vista ni conocida, ni siquiera a los pies de cualquier orilla de mar. 

Y qué si no quiero recoger los trozos rotos y desechos de lo que una vez fue algo parecido a un ser humano funcional pero que nunca jamás supo cómo avanzar, o cómo retroceder, o cómo si quiera caminar normal.

Cómo distinguir entre obligación y voluntad cuando al final acabas respirando y actuando por inercia, cuando el sentido de todo al que nunca encuentras te ha taladrado el costado rompiéndote un par de costillas y el dolor es intenso pero liberador desde aquella vez que decidiste que te importaban una mierda las razones existenciales de la vida.

A saber el funcionamiento cerebral del resto de humanos que no se cuestionan nada, ni siquiera el status quo que se mantiene en la sociedad actual como el martillo que ahonda el tornillo cada vez más en la madera, levantando astillas y clavándolas en la piel del que intenta arrancar cualquier clavo insertado a traición.

La deshumanización y el olvido de los cuidados -personales y familiares- han invitado a la producción al trono, y ahora vivimos en el reino del rendimiento. Si no rindes no vales nada. 

Y nada he acabado teniendo en las venas. 

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