La desconocida.

No me hables como si me conocieras. Léeme bien;

NO

TIENES

DERECHO.

No tienes derecho a hablarme como si no hubiese pasado el tiempo haciendo mella en mí como la metralla disparada a traición y que recibe el soldado sin escudo ni protección.

No tienes derecho a hablarme como si no me hubiese encerrado en aquella biblioteca a la que venías a verme para animarme, la misma a la que jamás viniste más, y en la que yo pasé madrugadas a solas con otras personas que se consolaban entre las líneas, igual que yo.

No tienes derecho a hablarme como si no hubiese aguantado en empleos precarios y de mierda, con jefes de mierda y clientes de mierda, para construir una vida medianamente decente de la que al final he hecho algo brillante.

No tienes derecho a hablarme como si tener que sobrevivir a querer no hacerlo no me hubiese cambiado la perspectiva, y la vida. No, de verdad, no tienes ni idea de lo que es cambiar toda tu construcción cerebral para tener que levantarla de nuevo porque te das cuenta de que la que hay, no funciona como debería.

No tienes derecho a hablarme como si no fuese una profesional en lo mío que ha visto lo peor del ser humano en situaciones de las que todos los demás salís corriendo apartando la mirada. He apretado manos rígidas y mantenido la mirada a ojos de bebés ciegos con toda la dignidad que merecen, y todavía sigo llorando por ello.

No tienes derecho a hablarme como si haber sentido la manera en que crecía la vida dentro de mí para después partirme en dos al alumbrarla, no me hubiese hecho replantearme mi forma de ver el mundo y los días. Y por supuestísimo tienes todavía menos derecho a hablarme como si la segunda vez que sentí la vida dentro de mí, la luz no se hubiese vuelto oscura y donde debí haber parido vida, parí MUERTE, muriendo con aquella criatura una parte de mí que jamás resucitará.

No tienes derecho a hablarme como si la maternidad no me hubiese cambiado, como si todas las madrugadas que pasé despierta sin más compañía que un bebé muy demandante no me hubiesen modificado cada uno de mis anclajes y creencias, dejándome exhausta y sola al borde del precipicio.

NO

TIENES

DERECHO.

Pero sobre todo, no tienes derecho a hablarme como si me conocieras, porque

NO ME CONOCES.

Porque conocer a la que un día fui aunque fuese de una forma profundamente íntima, no te garantiza saber quién soy ahora porque yo ya no soy esa a la que crees saberte memorizada como la palma de tu mano. Dejé de ser quién crees hace eones, antes de que todos los terremotos que me rompieron en mil pedazos me obligasen a reconstruirme todas las veces necesarias hasta construir lo que hoy podrías tener enfrente, y ello invalida todas las promesas que esa desconocida para mí pero conocida para ti, por lo que sea, decidió hacerte. Todas sus promesas, convicciones y rotundas afirmaciones quedan anuladas, porque murieron con ella, el día que decidió saltar desde aquél precipicio del que te he hablado antes.

Status quo.

Y qué si prefiero quedarme dispersa y desecha en una masa de nada que salpique todo lo que roza sin necesidad de guardar la compostura. Y qué si no quiero recomponerme por estar harta de alfileres, hilo y costuras. 

Cuál sería exactamente el problema si decido quedarme esparcida por toda la acera como las tripas del gato cadaver que arrastran ruedas de coches vacíos de humanidad, y que a las gatas nos duelen como alfileres bajo las uñas. Ninguno, en realidad. Sería, de hecho, el fin de todos los problemas. 

Ser intangible y flotar por encima de vuestras cabezas vacías con esa paz nunca antes vista ni conocida, ni siquiera a los pies de cualquier orilla de mar. 

Y qué si no quiero recoger los trozos rotos y desechos de lo que una vez fue algo parecido a un ser humano funcional pero que nunca jamás supo cómo avanzar, o cómo retroceder, o cómo si quiera caminar normal.

Cómo distinguir entre obligación y voluntad cuando al final acabas respirando y actuando por inercia, cuando el sentido de todo al que nunca encuentras te ha taladrado el costado rompiéndote un par de costillas y el dolor es intenso pero liberador desde aquella vez que decidiste que te importaban una mierda las razones existenciales de la vida.

A saber el funcionamiento cerebral del resto de humanos que no se cuestionan nada, ni siquiera el status quo que se mantiene en la sociedad actual como el martillo que ahonda el tornillo cada vez más en la madera, levantando astillas y clavándolas en la piel del que intenta arrancar cualquier clavo insertado a traición.

La deshumanización y el olvido de los cuidados -personales y familiares- han invitado a la producción al trono, y ahora vivimos en el reino del rendimiento. Si no rindes no vales nada. 

Y nada he acabado teniendo en las venas. 

El cuervo.

Todo el veneno y todo el odio han ido adentrándose poco a poco, creando una membrana oscura recubriendo lo que late dentro de mi pecho, dejando pocas partes vulnerables a tanta mierda.

Donde al pinchar debería correr un hilo de sangre, se rompe la aguja dejando intacto el mecanismo que oxigena lo que da brillo a mis ojos. Sigue leyendo El cuervo.

Disnea.

Con la sensación constante de estar atrapada en la corriente que me arrastra, sin aire y a punto de desvanecerme en algún momento, grito sin voz exigiendo a lo que me zarandea que me ahogue del todo o me escupa en cualquier orilla fangosa hasta gatear a tierra seca.

Y justo ahí, justo en el punto entre quedarme sin aire del todo o salir a la superficie, entre imágenes borrosas que me impiden aclarar si me encuentro más cerca del principio que del fin, Sigue leyendo Disnea.