Status quo.

Y qué si prefiero quedarme dispersa y desecha en una masa de nada que salpique todo lo que roza sin necesidad de guardar la compostura. Y qué si no quiero recomponerme por estar harta de alfileres, hilo y costuras. 

Cuál sería exactamente el problema si decido quedarme esparcida por toda la acera como las tripas del gato cadaver que arrastran ruedas de coches vacíos de humanidad, y que a las gatas nos duelen como alfileres bajo las uñas. Ninguno, en realidad. Sería, de hecho, el fin de todos los problemas. 

Ser intangible y flotar por encima de vuestras cabezas vacías con esa paz nunca antes vista ni conocida, ni siquiera a los pies de cualquier orilla de mar. 

Y qué si no quiero recoger los trozos rotos y desechos de lo que una vez fue algo parecido a un ser humano funcional pero que nunca jamás supo cómo avanzar, o cómo retroceder, o cómo si quiera caminar normal.

Cómo distinguir entre obligación y voluntad cuando al final acabas respirando y actuando por inercia, cuando el sentido de todo al que nunca encuentras te ha taladrado el costado rompiéndote un par de costillas y el dolor es intenso pero liberador desde aquella vez que decidiste que te importaban una mierda las razones existenciales de la vida.

A saber el funcionamiento cerebral del resto de humanos que no se cuestionan nada, ni siquiera el status quo que se mantiene en la sociedad actual como el martillo que ahonda el tornillo cada vez más en la madera, levantando astillas y clavándolas en la piel del que intenta arrancar cualquier clavo insertado a traición.

La deshumanización y el olvido de los cuidados -personales y familiares- han invitado a la producción al trono, y ahora vivimos en el reino del rendimiento. Si no rindes no vales nada. 

Y nada he acabado teniendo en las venas. 

La magia del privilegio.

El privilegio sesga y no te deja ver más allá de tu propia nariz. Nos ciega y nos aísla de las realidades distintas de las que orbitan alrededor de nuestros pies. Nos convierte en seres incapaces de reconocer el dolor ajeno de aquél que nos dice que estamos generando un daño. Nuestras situaciones de poder  pisotean las manos y las almas de aquelles que el sistema ha relegado a tener menos por ser diferentes. Nos separa del lado más cruel de una realidad que no espera, no acompaña y no cuida.

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El tipo amarillo.

Resultan curiosos los seres extraños que no siempre se encuentran con facilidad en la tierra de la calma. Cuando sales de un casi país para llegar a la isla más comarcal de todas, demuestras algo de valentía y un poco de decisión.

El tipo en cuestión se ríe de tu cara de lunes y parece feliz en la rutina que le lleva cada día a una oficina de gente seria, y después en su bar mira juegos a cuerpo y al suelo, que le acompañan hasta lugares de locos donde se queman muñecos en hogueras y se celebran festividades paganas.

A él le debo este invento y caída al vacío así que para él va la primera patada, gracias.

 

El cobarde.

Has cambiado.- Me dijo entre descansos de una relación a punto de morir.
Como si el cambio fuese mejor que quedarse estancado en el mismo punto eternamente. Para siempre.
Pude decirle muchísimas cosas, era la oportunidad perfecta para hacerle saber que los juegos mentales y los chantajes baratos no son justos ni correctos en una relación de iguales, que quererse bien es quererse bonito y quererse libres, libres de cambiar, de ir, de volver, de crecer, de empequeñecerse, de equivocarse, de arrepentirse.

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Berlín.

Press play.

Me fui sin decirte adiós y ahora tu recuerdo tira de mí para que vuelva como la arena tira del mar y como la tierra tira de nosotros para mantenernos con los pies en el suelo.

No ha pasado ni un solo día sin que me acuerde de la sensación en mi espalda cuando me rozabas sin querer queriendo, y me mirabas la nuca a escondidas del mundo porque alguien dijo alguna vez que algunos sentimientos en algunas situaciones no son correctos. Pero cómo podía no ser correcto si te sentía en el torrente de mis venas y eras un pellizco atravesado en las entrañas.

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