El mar.

Hay un susurro ensordecedor en mi oído y no es ruido, es la brisa que me llama invadiendo cada espacio vacío, indicándome que respire despacio mientras inhalo la sal que al final me quedará en la piel como prueba determinante del delito.

La inmensidad formada por gotas me mira y se mece con fuerza ignorando los pies que están a punto de romperla. O te rompo a nado o me rompes tu a mí. Sigue leyendo El mar.