Hoy he visto a tu mujer.

Llevaba unas deportivas fila que le seguían el juego a los legins, sudadera y moño despeinado que gritaban desde lejos que le importaba una mierda la opinión ajena.

La he visto y te juro que donde me enseñaron que debía sentir rabia por compartir esa parte de tu vida que una vez compartí yo, he sentido admiración, Admiración por ser capaz de aguantar lo que yo no pude, por construir puentes donde yo quemé bosques.

La he visto y no tengo ni puta idea de cómo le irá contigo, pero de lo que sí estoy convencida es de que semejante mujer no necesita que le vaya bien con nadie porque ya se tiene a sí misma.

La he visto y tras maravillarme no he dejado de preguntarme por qué narices pensaba en ella como tu mujer si es un millón y medio de cosas más, y en lo injusto que sería reducirla meramente a algo tuyo, a tu mujer, como si su existencia estuviera ligada a que tú te hayas fijado en ella para suceder, así que me he arrancado la etiqueta de la mente, porque aunque tu estés convencido de ello, sé que ella no te pertenece, igual que las lobas salvajes jamás pertenecerán al hombre.

Y es que hoy he visto a la mujer con la que compartes tu vida, y ahora me gusta más ella, de lo que me gustaste nunca tú.

La casualidad.

Tocó a la puerta un día que yo no debía estar en casa pero estaba y me hizo replantearme si la vida es sarcásticamente cruel o tiene un sentido del humor extremo.

Otro día me la encontré en un país al otro lado del mundo donde se suponía que debía ser el último lugar en el que sucediese algo familiar y entrañable, obligándome a cuestionar si hay destino o plan divino que nos empuja de forma inevitable a caer por el precipicio. Sigue leyendo La casualidad.