Status quo.

Y qué si prefiero quedarme dispersa y desecha en una masa de nada que salpique todo lo que roza sin necesidad de guardar la compostura. Y qué si no quiero recomponerme por estar harta de alfileres, hilo y costuras. 

Cuál sería exactamente el problema si decido quedarme esparcida por toda la acera como las tripas del gato cadaver que arrastran ruedas de coches vacíos de humanidad, y que a las gatas nos duelen como alfileres bajo las uñas. Ninguno, en realidad. Sería, de hecho, el fin de todos los problemas. 

Ser intangible y flotar por encima de vuestras cabezas vacías con esa paz nunca antes vista ni conocida, ni siquiera a los pies de cualquier orilla de mar. 

Y qué si no quiero recoger los trozos rotos y desechos de lo que una vez fue algo parecido a un ser humano funcional pero que nunca jamás supo cómo avanzar, o cómo retroceder, o cómo si quiera caminar normal.

Cómo distinguir entre obligación y voluntad cuando al final acabas respirando y actuando por inercia, cuando el sentido de todo al que nunca encuentras te ha taladrado el costado rompiéndote un par de costillas y el dolor es intenso pero liberador desde aquella vez que decidiste que te importaban una mierda las razones existenciales de la vida.

A saber el funcionamiento cerebral del resto de humanos que no se cuestionan nada, ni siquiera el status quo que se mantiene en la sociedad actual como el martillo que ahonda el tornillo cada vez más en la madera, levantando astillas y clavándolas en la piel del que intenta arrancar cualquier clavo insertado a traición.

La deshumanización y el olvido de los cuidados -personales y familiares- han invitado a la producción al trono, y ahora vivimos en el reino del rendimiento. Si no rindes no vales nada. 

Y nada he acabado teniendo en las venas. 

Hoy he visto a tu mujer.

Llevaba unas deportivas fila que le seguían el juego a los legins, sudadera y moño despeinado que gritaban desde lejos que le importaba una mierda la opinión ajena.

La he visto y te juro que donde me enseñaron que debía sentir rabia por compartir esa parte de tu vida que una vez compartí yo, he sentido admiración, Admiración por ser capaz de aguantar lo que yo no pude, por construir puentes donde yo quemé bosques.

La he visto y no tengo ni puta idea de cómo le irá contigo, pero de lo que sí estoy convencida es de que semejante mujer no necesita que le vaya bien con nadie porque ya se tiene a sí misma.

La he visto y tras maravillarme no he dejado de preguntarme por qué narices pensaba en ella como tu mujer si es un millón y medio de cosas más, y en lo injusto que sería reducirla meramente a algo tuyo, a tu mujer, como si su existencia estuviera ligada a que tú te hayas fijado en ella para suceder, así que me he arrancado la etiqueta de la mente, porque aunque tu estés convencido de ello, sé que ella no te pertenece, igual que las lobas salvajes jamás pertenecerán al hombre.

Y es que hoy he visto a la mujer con la que compartes tu vida, y ahora me gusta más ella, de lo que me gustaste nunca tú.

La casualidad.

Tocó a la puerta un día que yo no debía estar en casa pero estaba y me hizo replantearme si la vida es sarcásticamente cruel o tiene un sentido del humor extremo.

Otro día me la encontré en un país al otro lado del mundo donde se suponía que debía ser el último lugar en el que sucediese algo familiar y entrañable, obligándome a cuestionar si hay destino o plan divino que nos empuja de forma inevitable a caer por el precipicio. Sigue leyendo La casualidad.

El mar.

Hay un susurro ensordecedor en mi oído y no es ruido, es la brisa que me llama invadiendo cada espacio vacío, indicándome que respire despacio mientras inhalo la sal que al final me quedará en la piel como prueba determinante del delito.

La inmensidad formada por gotas me mira y se mece con fuerza ignorando los pies que están a punto de romperla. O te rompo a nado o me rompes tu a mí. Sigue leyendo El mar.