Primera persona del singular en tiempo condicional del verbo haber.

Te habría puesto como mote cariñoso el nombre de un dibujo animado famoso, que no es más que el tuyo propio traducido al inglés, en un gesto sencillo pero impregnado del cariño y excepcionalidad de quien se aprecia y se quiere de forma especial.

Te habría reído todos los chistes y bromas malas, todos los comentarios de mierda que se disparan con intención graciosa pero que el receptor nunca agradece riéndose, excepto yo, que te los habría reído todos reconociéndote a los ojos lo tonto que eres a veces. 

Te habría reconocido lo diferentes que somos en todos los aspectos de nuestra vida, y habría hecho especial hincapié en que precisamente eso es lo que nos hace tan extraordinarios; tu tan de viajar, yo tan de casa, tú tan de deporte, yo tan de descansar, tú tan de ver, yo tan de leer, pero, eso sí, los dos tan de mirarnos de frente y a escondidas.

Te habría reconocido que nunca jamás otra persona se fijó en mi de la forma en que tú lo hiciste, tan directo, tan a bocajarro, tan demoledor. Y te habrías sonrojado.

Te habría hecho tortitas los domingos por la tarde, y habríamos merendado sentados en la cocina dejando la luz solar entrar, despidiendo la semana entre risas despreocupadas que recargan la energía y nos ayudan a impulsarnos entre rutinas de mierda.

Te habría regalado magia embotellada cada noche acostándome en silencio a tu lado, dejando descansar tu cabeza en mi pecho mientras nos susurramos los contratiempos del día que han intentado tumbarnos, pero no lo han conseguido.

Te habría cogido de la mano en esos días tan horribles que tenemos todos, pero que no nombramos porque lo único que queremos de ellos es que se acaben, menos yo, porque renunciar a un día más contigo nunca ha sido algo a contemplar. 

Te habría escuchado hablar sobre teorías deportivas que me interesan cero pero que si vienen de ti las encuentro fascinantes, y te habría esperado después de cada partido y de cada entreno. 

Te habría abierto todos mis cajones y puertas secretas, me habría destripado en canal y te habría presentado a todos y cada uno de mis demonios, para que juntos les pusiésemos nombres absurdos que los ridiculizasen hasta el extremo en el que los miedos y heridas acaban haciéndonos cosquillas.

Te habría leído en voz alta mis libros favoritos y los pasajes subrayados un millón de veces de obras rotas y malgastadas de todas las veces que las he releído. 

Y te habría querido tanto que habríamos tenido historia para esta y todas las vidas restantes futuras por vivir y disfrutar.  

Te habría, tantos te habría y jamas ningún te habré. Tanto tiempo condicional pero nada de tiempo futuro; 

porque jamás seremos,

 porque jamás fuimos. 

La desconocida.

No me hables como si me conocieras. Léeme bien;

NO

TIENES

DERECHO.

No tienes derecho a hablarme como si no hubiese pasado el tiempo haciendo mella en mí como la metralla disparada a traición y que recibe el soldado sin escudo ni protección.

No tienes derecho a hablarme como si no me hubiese encerrado en aquella biblioteca a la que venías a verme para animarme, la misma a la que jamás viniste más, y en la que yo pasé madrugadas a solas con otras personas que se consolaban entre las líneas, igual que yo.

No tienes derecho a hablarme como si no hubiese aguantado en empleos precarios y de mierda, con jefes de mierda y clientes de mierda, para construir una vida medianamente decente de la que al final he hecho algo brillante.

No tienes derecho a hablarme como si tener que sobrevivir a querer no hacerlo no me hubiese cambiado la perspectiva, y la vida. No, de verdad, no tienes ni idea de lo que es cambiar toda tu construcción cerebral para tener que levantarla de nuevo porque te das cuenta de que la que hay, no funciona como debería.

No tienes derecho a hablarme como si no fuese una profesional en lo mío que ha visto lo peor del ser humano en situaciones de las que todos los demás salís corriendo apartando la mirada. He apretado manos rígidas y mantenido la mirada a ojos de bebés ciegos con toda la dignidad que merecen, y todavía sigo llorando por ello.

No tienes derecho a hablarme como si haber sentido la manera en que crecía la vida dentro de mí para después partirme en dos al alumbrarla, no me hubiese hecho replantearme mi forma de ver el mundo y los días. Y por supuestísimo tienes todavía menos derecho a hablarme como si la segunda vez que sentí la vida dentro de mí, la luz no se hubiese vuelto oscura y donde debí haber parido vida, parí MUERTE, muriendo con aquella criatura una parte de mí que jamás resucitará.

No tienes derecho a hablarme como si la maternidad no me hubiese cambiado, como si todas las madrugadas que pasé despierta sin más compañía que un bebé muy demandante no me hubiesen modificado cada uno de mis anclajes y creencias, dejándome exhausta y sola al borde del precipicio.

NO

TIENES

DERECHO.

Pero sobre todo, no tienes derecho a hablarme como si me conocieras, porque

NO ME CONOCES.

Porque conocer a la que un día fui aunque fuese de una forma profundamente íntima, no te garantiza saber quién soy ahora porque yo ya no soy esa a la que crees saberte memorizada como la palma de tu mano. Dejé de ser quién crees hace eones, antes de que todos los terremotos que me rompieron en mil pedazos me obligasen a reconstruirme todas las veces necesarias hasta construir lo que hoy podrías tener enfrente, y ello invalida todas las promesas que esa desconocida para mí pero conocida para ti, por lo que sea, decidió hacerte. Todas sus promesas, convicciones y rotundas afirmaciones quedan anuladas, porque murieron con ella, el día que decidió saltar desde aquél precipicio del que te he hablado antes.

Elemento químico de número atómico 8 y representado por el símbolo O.

“- Mil veces buenas noches.
 – Mil veces malas, por faltar tu luz.”

William Shakespeare

Me gusta escucharla respirar.

En el silencio sepulcral de la noche, en la oscuridad absoluta que toda la verdad escupe, yo descanso y la escucho vivir.Su pecho se abre y sube a la vez que se encoge y vuelve a bajar, una y otra vez. 
Sus ojos cerrados me confirman su presencia terrenal mientras su mente viaja a otros mundos a puerta cerrada a donde, por desgracia, no la puedo acompañar. Y así me preparo para los días en que no la vea más.

Respira y se mueve. Una vez, y dos, y tres.
El dormir inquieto no lo ha heredado de mí y me gusta ver cosas en ella del ser humano que elegí para crear uno nuevo y genuino para conquistar el planeta.

Porque lo conquistará, ya lo veréis.

Hay algo de sideral en ello. En quedarme muy quieta a observar nada mientras me concentro en ese ir y venir de aire del de que dependen todos los hilos que me mantienen viva. 

Escucho una respiración que no es la mía pero que llena de aire mis pulmones y mis días. 

Este momento es mío, me lo guardo como premio a los días de mierda y de confeti sabiendo que existe un incondicional en mis anocheceres, totalmente independiente de la cantidad de desastre que me caiga encima y en la espalda.

Podrían dispararme una veintena de veces, que yo acabaría volviendo a estas cuatro paredes a descansar en los suspiros de la de las pestañas largas.

Y es curioso que yo, que jamás soporté ni el zumbido de las más leve brisa rozándome el oído para poder descansar, ahora necesite la certeza de escuchar que mi vida sigue viva para poder gravitar.

Ojalá nos hagamos viejas y todavía siga queriendo dormir conmigo; esta cama siempre será un búnker antídoto capaz de soportar el apocalipsis más sombrío. 

Mediocre tirando a normal.

Me quiero pero, admito que no hay nada espectacular bajo todo este revestimiento y masa muscular.

Sin más, no me tiembla ni un poco la muñeca al confesar que hace tiempo que acepté lo corriente de mis maneras y de mi forma de ser, y ya ni me altera.

Las veo brillar y triunfar, con esa peculiaridad excepcional que caracteriza a las personas hechas de estrellas que son de todo menos comunes, y me siento extraterrestre entre las estelas que desprenden, siendo muy consciente de que yo jamás sobresaldré en sus intereses. 

No hay pena por ello, solo aceptación. 

Nunca he destacado en nada y ya no sé si confundo lo ordinario con mediocridad. El término medio me define; ni muy lista ni muy tonta, ni muy guapa ni muy fea, ni muy delgada ni muy gorda. Muy nada. 

Siempre he sido buena en nada.

Y en realidad siempre tengo la sensación de que ahí fuera, todo el mundo se siente especial, aunque sea de una manera personal y secreta en la que no se atrevan a mencionar al resto. Después estoy yo, que me sé mediocre tirando a normal. 

Convencida de ello me autoboicoteo constante, en un sinfín de guerras que siempre pierdo rindiéndome.

Y a veces podrás escucharme susurrar despacio, suplicando una tregua pacífica que nunca llega; aclaraos un poquito, 
si todas somos especiales, ninguna lo es.

Y a mí me ha tocado ser la caja vacía y mate. 

Ahora dime, quién será el cobarde que se crea valiente por atreverse a decir que no hay belleza en lo mediocre. 

KOL.

Sonaba el álbum Only by the night
siempre a tu alrededor
y yo con el disco en el coche
porque me recordaba a ti. 


Al principio del desastre 
no podía ni escucharlo 
porque cada canción 
gritaba momentos perdidos
de algo brillante
que tuvimos que enterrar. 
Y una de ellas,
fue nuestra canción,
esa era un cuchillo afilado en las costillas,
que impedía respirar. 
Pero ahí se quedó, 
sonaba y sonando
años y años
después de que te fueras. 


No lo quité, 
no lo rompí, 
lo dejé sonar. 
Portazo, 
radio encendida, 
11 canciones más.


Y un día 
dejaron de hablar de ti 
y de tus ojos intensos 
empezaron a contarme la historia 
de perder mi miedo a conducir
y al valor y orgullo
que saqué de la tierra
llevándome cada día
a trabajar,
de mí siendo yo,
sin ti.


De mí, terminando la jodida carrera.
De mí, y de las horas infinitas bajo la luz de biblioteca.
De mí, conociendo gente nueva.
De mí, haciendo nuevos amigos.
De mí, consiguiendo lo imposible. 
De mí, convirtiéndome en adulta.
De mí, siendo otra yo, mucho mayor. 


Y es que realmente, 
es un disco maravilloso, 
y era una pena, 
no poder escucharlo 
porque me hablase de ti. 
Así que lo reinventé 
dándole el significado
que siempre debió tener. 


Y un día, 
el disco se rompió, 
y la verdad es que al igual que a ti, 
jamás 
lo volví a escuchar.