Tres veces no.

Aunque parezca el título de una película mala tú y yo nos hemos negado tres veces como el que niega que miente en la escena del crimen.  Nunca debimos ser. Pero fuimos y estuvimos en una galaxia que ahora nos queda a años luz y nos convierte en absolutos desconocidos.

Fue un error.

La piedra en el camino.


La primera vez te fuiste enseguida y con las prisas te llevaste una parte de mí. Con el tiempo entendí que tu egoísmo camuflado de cariño jamás te dejó ver más allá de tu propia nariz. Entiendo que irte era un derecho que tenías y que aún sigues teniendo, pero volver no era necesario y aún así lo seguiste haciendo hasta que la vida se abrió camino entre nosotros. Y menos mal.

La segunda vez yo estaba cegada y atada de manos por alguien a quien otorgué el poder de mi vida que jamás volví a ceder. Mientras luchaba por no ahogarme y poder respirar, en lugar de lanzarme la cuerda echaste más agua al mar y alejaste el bote con la esperanza de rescatarme moribunda y hacerte el héroe. Pero el agua acabó arrasándote a ti también y nos acabamos yendo sin despedirnos. Y menos mal.

Y la tercera fue culpa mía por dejarte entrar. Por creerte. Por creerme. Por confundir cantos de sirena con la vida real. Por inocente, insegura e insensata. Por ver motivos místicos en tus insistencias cuando lo único que querías era ser el protagonista de algo imposible e irreal. Mentías más que querías y lo hiciste mal. Me cargaste a mí con la culpa de haberme negado a tu voluntad y a tus deseos románticos y egoístas por encima de nuestra amistad. Entiende que negarme era un derecho que tenía y que aún sigo teniendo. Y menos mal.

Que de todo se aprende y contigo solo aprendí que en ocasiones es mejor no aprender nada.

Y no habrá otra última vez porque cada vez que te acerques me alejaré corriendo como el que huye de una jauría de lobos hambrientos sabiendo que la consecuencia será dolorosa.

Te negaré todas las veces necesarias hasta que desaparezcas del todo y para siempre, porque nunca fuiste más que un montón de mentiras bien colocadas y adornadas con un poco de maestría, que parecían contener el gran secreto de la vida.

No ser más que un corazón negro y podrido por el egoísmo de ser el príncipe de alguien a cualquier precio debe ser agotador.

Y yo jamás he creído ni querido príncipes porque jamás quise reinar.

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