Un supervillano en tu pelo.

En realidad no tienes ni idea de lo que es esperarte.
De esperar, en general.
El cruce de una mirada que nunca llegará,
el roce inesperado de tu mano con la mía,
la brisa que provocas al pasar hipnotizando con tu perfume a medio mundo.
No tienes ni idea.
Ni idea de la furia que generas cuando apareces irresistible por ser absolutamente adorable.
Cuando dejas entrever la luz que nace en tus tinieblas.
Cuando me miras convencida de que soy único en la tierra.
Furia de impotencia, de amor.
¿Qué?, existen enfados de amor.
Amor por no poder resistir los encantos de tu mirada.
Como el que enferma de amor, pero con rabia.
Pues lo mismo.
Y así vamos, tu me miras, yo me desarmo.
Y vuelta a empezar.
El problema está en los puntos en que haces de mi bienestar tu prioridad.
Quién puede resistirse, quién.
Y yo que me vuelvo loco por la bondad ajena.
(A mí, que me pone más la empatía que lo sensual.)
Acabo corriendo detrás de tu falda,
cada vez que de forma sincera,
intentas sacarme púas negras de dentro.

Ves el problema, ¿no?
Que me quieras tan bien y no tan del todo.
Que quieras quererme y no puedas.
No pensaba decírtelo pero pienso en si me piensas en mi ausencia.
Si en algún punto de tu rutina diaria,
cierta insignificancia hace que te acuerdes de mi nombre.
¿Ves como me gusta torturarme?
En lugar de huir del fuego,
me quedo a mirar cómo me quema.
Yo sé que nunca podré resistirme,
que tú nunca podrás rendirte,
que el universo conspira contra mi mano entre tus piernas.
Las utopías siempre me parecieron bonitas,
pero es que la de tu ojos me provoca erecciones eternas.
Lo peor es no poder evitar abrirme la cabeza,
al desmayarme,
cuando susurras;
«Claro que no,
esto no es un cómic,
ni yo una súper heroína,
pero dame tus miedos
y verás como los hago trizas. «

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