Verde.

Porque verde es el color de la mirada que me arropa cada día y me abraza aunque me equivoque cien mil veces y me tropiece otras dos mil.

La mano que me agarra antes de caer al suelo, la voz de la razón, de la experiencia, que huele a rosas al pasar dejando a todo el mundo impregnado de la magia que desprende.

Verde porque verde heredé el alma y la pureza con la que protege a través de sus alas de lluvias sólidas y de puñales que a veces caen porque la vida también puede ser un desastre.

Me mira reírse de sus intentos por volverse atleta y me vuelvo una niña sentada en su regazo escuchando sus latidos que inyectan calma en mis venas. Lo recordaré hasta que me muera.

Verde, porque verde es el amor de mi vida, que se rodea de flores sin saber que mi flor favorita es ella y sus maneras de decirme te quiero sin decirlo, mientras se guarda en los bolsillos el cansancio de los cuidados que la harán eterna.

En su armadura de pétalos cabe el infinito más estrellado, como la inmensidad que me atraviesa cada vez que me abraza.

El amor de mi vida al que llamo mamá tiene los ojos verdes y el alma blanca, me mira y estoy en casa.

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